domingo, 14 de abril de 2013

Paco Ignacio Taibo II, el desmitificador

Marco Antonio Campos

Han pasado 150 años desde que los franceses derrotaron al Ejército mexicano luego de un sitio feroz de sesenta y dos días para ocupar el país por cuatro años y 151 de la inolvidable batalla del 5 de mayo. Oportunamente la Editorial Planeta publicó el año pasado la apasionada crónica histórica de ambos hechos escrita por Paco Ignacio Taibo II (Los libres no reconocen rivales).
La batalla del 5 de mayo de 1862 ha sido menos leída y estudiada que exaltada, y se ha logrado que a través de la retórica se vuelva una efeméride casi vacía; en verdad es uno de los momentos grandes de nuestra historia.
Bella ciudad creada por los españoles, la de Puebla, salvo sectores, nunca se ha distinguido por su fama de liberal. Baste recordar que en la guerra de Independencia el clero, el gobierno y la burguesía de la entonces Puebla de los Ángeles estuvieron del lado de los realistas, que en 1847 el clero católico recibió a los estadunidenses protestantes con un Te Deum, y aún, en mayo de 1863,
luego de la ruptura del sitio y la derrota mexicana, recibieron con otro Te Deum a los franceses. En 1862, semanas antes de la batalla, Ignacio Zaragoza se lamentaba amargamente en sus cartas de que los habitantes de la ciudad ni se incorporaban a la resistencia, ni proporcionaban armas, ni dotaban de víveres. “La traidora cuanto egoísta [ciudad de] Puebla”, escribió en una carta. Y en otra: “Esta gente es mala en general.” Sí: una cosa era la ciudad y otra el estado de Puebla; los pueblos de la serranía poblana defendieron a pie firme la patria en los cerros de Loreto y Guadalupe, como lo hicieron los combatientes de varios estados de la República… En la batalla tuvieron también un papel definitivo militares como Miguel Negrete, Felipe Berriozábal, Porfirio Díaz y Antonio Álvarez. Ironía –falsedades– de la historia: los glorificados indios zacapoaxtlas como punta de lanza de Zaragoza en la batalla estuvieron del lado de la reacción.
Quizá el único error catastrófico del ejército francés en 1862, fue la subestimación del enemigo, o como estaba convencido el general Lorencez, quien encabezaba la expedición armada, era tal la superioridad ante los mexicanos “de raza, de disciplina, de moral y de elevación de sentimientos”, que vencer era pan comido. Los franceses no sabían, o no se dieron cuenta, que la generación liberal contra la que lucharon, era y ha sido con mucho la mejor de nuestra historia, política e intelectualmente, y que sólo de mencionarla uno no deja de emocionarse. Aun José Vasconcelos, que los odiaba, reconoció su honradez sin mancha, es decir, la negación de la corrupción, quizá el mal endémico de México por excelencia.
El 5 de mayo no impidió el año siguiente la derrota ante los franceses ni el Segundo Imperio, pero fue el primer alto ejemplo de que podía vencerse a “los primeros soldados del mundo”. La derrota en Puebla fue el primer aviso del declive militar francés, que a su vez prefiguraría su derrota y retiro de México en 1866, que a su vez lo llevaría a la catástrofe militar en la guerra contra Prusia (1870-1871), final que a su vez le costaría el trono de sangre a Napoleón III.
Taibo II va siguiendo en su crónica la secuencia de los hechos: la declaración por Juárez de la moratoria de deuda en julio de 1861, la cual se tenía con particulares –no con los gobiernos– de Inglaterra, España y Francia; las exigencias apremiantes del pago; el convenio conciliador para una ocupación de los ejércitos del “frente tripartito” de Veracruz; la desesperación mexicana por conformar un ejército mínimamente adiestrado y mínimamente alimentado; la negativa del Congreso de otorgarle a Juárez poderes extraordinarios y las conspiraciones dentro del mismo partido liberal; la ruptura de la alianza tripartita de Inglaterra, España y Francia, quedándose sola Francia; el avance de las tropas francesas desde Orizaba y el repliegue mexicano hacia Puebla; los primeros choques –la primera resistencia– en las Cumbres de Acultzingo y el inicio de la batalla del 5 de mayo a las 11:45 (otros dicen 11:15), y a partir de esa hora, el fracaso de ambas artillerías por hacerse daño, los combates feroces en los cerros de Guadalupe y Loreto, una lluvia que se vuelve tormenta, la victoria final hacia las 4:00 o 4:15 de la tarde, la retirada francesa, la persecución fútil del Ejército mexicano por falta de recursos militares, el nuevo asentamiento de los franceses en Orizaba... La batalla del 5 de mayo Taibo II la cuenta como un coro, con lo que escribieron algunos de quienes batallaron ese día. No sabemos si Zaragoza hubiera sido un gran general (murió a los treinta y tres años, pocos meses después de su victoria), pero en la batalla del 5 de mayo se portó como un genial estratega.
Contra sus inútiles detractores, Juárez es sin duda el héroe de México por excelencia. Más allá de los mayores o menores errores que los enemigos encuentren en sus mandatos, sus logros son imparangonables: por primera vez se venció a una potencia extranjera, lo cual dio a los mexicanos una gran confianza en sí mismos; evitó el desmembramiento de estados de la República que querían separarse o independizarse; separo al Estado de la Iglesia creando de una vez y para siempre la república laica que nos abría la primera gran puerta a la modernidad, y en fin, como consecuencia de todo esto, consolidó el Estado-nación. Por demás, su último gobierno fue una de las escasísimas primaveras democráticas que ha conocido el país. Todo esto hubiera sido imposible sin la generación extraordinaria que tuvo al lado.
Me doy por creer que si a Taibo II le preguntaran en cuál época le hubiera gustado vivir contestaría: de 1855 al 1872, es decir, los años que irían entre el Plan de Ayutla y la muerte de Juárez. Dos muestras de su fervor por los prohombres de la Reforma son este libro y su novela La lejanía del tesoro, que tal vez fue el primer paso que derivó en su pasión por el México del siglo XIX.

Fuente La Jornada

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